«La rosa», el poema que dotó de sobrenombre a Francisco López de Zárate

Poetas, gentes extrañas

¿Qué suerte de magia extraña y extraordinaria hace que un autor sobreviva a la quema del tiempo y nos llegue a la actualidad a través de sus textos? ¿Qué clase de sortilegio consigue todo lo contrario y que autores, de cierta valía, desaparezcan en el malear torturado de los años? ¿Qué accidentes y en qué orden consiguen que exista la necesidad en los autores contemporáneos de hallar la grieta justa donde se alojan sus raíces? No lo sé. Tampoco quiero preguntarme por qué he tenido la necesidad de buscar  la obra de Francisco López de Zárate. Quizá fue a través de aquel número  de Calle Mayor (el tres, fechado en septiembre de 1986) que contenía una edición de Mª Teresa González de Garay de la Silva a la ciudad de Logroño (en su momento atribuida a Lope de Vega) o tal vez antes, en el poso de la memoria de un niño de barrio obrero y periférico (entonces), que con cuatro años se trasladaba junto a su numerosa familia a un pisito en una calle dedicada al misterioso personaje. Ahí puede que estuviese la semilla, pero sin duda fue la revista dirigida por el poeta José Ramo y aquella silva, maquetada terroríficamente en cian y negro —con el peligro de perder dioptrías a todo ritmo para el lector no advertido—, la que consiguió el efecto duradero: alojar al poeta en mi memoria hasta hoy, buscar y leer su obra en los años de pubertad, cuando aún no me veía maduro para echarme a andar por los caminos literarios que tantos dolores y alegrías me han producido ya. Los poetas llaman a la puerta, se les deja entrar o no. Hoy, hojeando la revista, uno encuentra allí recogidos testimonios y notas de algunos elementos de la cultura local de entonces: Manuel de las Rivas, Bernardo Sánchez, Pedro Santana, Luis Martínez de Mingo, Javier Escohotado, Javier de la Iglesia y Raúl Eguizabal, panorámica que completaba un texto de Félix de Azúa y unos poemas laudatorios de unos errados Luis Barrón Urién y Cesáreo Balmaseda, y un más atinado José María Lope Toledo. Por lo tanto, si gente de tanta valía ya dedicó sesudos textos a las virtudes y defectos del poeta, ¿qué pinta alguien como yo hablando del «Caballero de la Rosa»? Poco, o nada que no sea la simple pretensión de dar noticia y traer a la actualidad la obra de un poeta bastante olvidado en la propia ciudad que le vio nacer. Créanme que siento que tal intención me legitima a hablar, eso sí, con la advertencia de que lo de sentar cátedra no va, hoy por hoy (cruzando los dedos), conmigo.

Más noticias juveniles del poeta

Había una estatua hecha polvo, hoy alojada en el colegio que tiene dedicado el poeta en su ciudad natal, justo al final de la calle que también tiene dedicada. En ella no hay placas reproduciendo versos, no hay noticias biográficas y, para colmo, la estatua no siempre estuvo allí y llegó bastante más tarde. las malas lenguas sostienen que el traslado la salvó del vandalismo de nuestra vecindad logroñesa. Otro detonante fue una propuesta que sólo se quedó en eso, en una propuesta, de Juan Díez del Corral, por entonces director del periódico El Hall del Colegio de Arquitectos de La Rioja, que quería que las gentes de la cultura local (sic) hablásemos de la calle en la que habíamos nacido o nos habíamos criado. La propuesta, por imprevista, me resultó atractiva y ya entonces, y hace más de diez años, comencé a esbozar un texto que jamás paso de boceto, en el que describía lo larga y más bien fea y anodina calle, pero que en contra de estos adjetivos ya poseía ambiente y movida cultural en los años en los que yo la recorría tirando petardos o intentando cazar pajarillos. En ella ya asomaba una pared del Colegio Universitario que sería el germen de no pocas iniciativas culturales y de la hoy flamante Universidad de La Rioja. Y por allí, claro, ya andaba el poeta Ramón Irigoyen que tan rastreable mácula dejó en los jóvenes y futuros poetas locales de la época. De eso poco queda, un recuerdo, algunas divertidas polémicas literarias (que a veces superan tan ocioso ámbito) y alguna noticia que se cuela en textos de autores que rememoran con añoranza aquellos años de florecer tras la muerte del dictador que lastró este país al oscurantismo y la necedad. De alguna manera, y por azares políticos que le dieron nombre a la rúa, el poeta estuvo presente como lo está hoy, cuando la calle, populosa y viva como entonces, vive su día a día de muchos colores y muchas culturas haciendo aprecio al nombre con el que la bautizaron. En algunos puestos de feria o librerías de lance fui completando la colección del poeta, que venía a ocupar su anaquel en el limitado parnaso de la literatura escrita en La Rioja.

¿Pero, quién fue Francisco López de Zárate?

Lo del llamativo sobrenombre, «Caballero de la Rosa», se debate hoy todavía con pasión mitigada, aunque la teoría que encuentro más lógica es que se deba al célebre soneto que dedicó a dicha flor, y no tanto a las costumbres de vestimenta o adorno que el buen Francisco tuvo a bien cultivar. El poeta y autor teatral nació en Logroño en 1580. Gracias a los servicios militares de su padre pudo tener una infancia privilegiada. Dado que éste destacó en nobleza y participó en la jornada de Argel a las ordenes de Carlos V, y fue por ello recompensado por el rey con un empleo de Correo Mayor, posición social que permitió al joven Francisco estudiar latín y retórica primero en Logroño, y más tarde en Salamanca, donde dió inicio pero no concluyó la carrera de Leyes. Aguerrido y fiero sucumbió a la moda  juvenil de su tiempo y se alistó en los Tercios de Italia, guerreó por otras ciudades europeas desde donde nos han llegado noticias de su destreza con la espada. A su regreso a Madrid consiguió un trabajo de secretario de don Rodrigo Calderón y un cargo de oficial del Consejo de Estado para el Duque de Lerma. Francisco ya está enfermo de las letras y, bajo el patronazgo del propio don Rodrigo (antes mentado) y de Pedro Mesía de Toledo, se dedicó a escribir en sus momentos de asueto. No debió disfrutar mucho de aquellos empleos públicos ya que, al tiempo, renunció a ellos para regresar a Logroño y dedicarse de lleno a su pasión más constante: las letras. Debe ser sino de los poetas de periferia, así, Francisco fue siempre una persona modesta con cierto complejo de inferioridad (al menos así lo decía) frente al resto de poetas contemporáneos a él. No así lo verían aquellos, con algunos de los cuales mantuvo trato y amistad, como por ejemplo Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina. Fue un poeta de éxito en su época, famoso y destacado, sobre todo por sus poemas de temática religiosa y por sus sonetos, italianizante corriente en la que destacó con precisión de relojero, y la que le brindó su sobrenombre más recordado. Además de su Silva a la ciudad de Logroño, su ciudad natal, en 1648 publicó Poema heroico de la invención de la Cruz, titánicamente compuesto en 2.058 octavas, considerado por muchos el mejor poema épico religioso del momento, que fue, además, muy admirado por Cervantes. A estas obras hay que sumar la Tragedia de Hércules y la obra teatral titulada La galeota reforzada. En 1619 reunió diecinueve poemas en el tomo Varias poesías, en las que cultiva fundamentalmente la égloga pastoril, que reeditó en 1651 en Alcalá, agregándole doscientos sesenta poemas (silvas, églogas, rimas y romances amorosos) y una obras dramática (Hércules Furente y Oeta). Murió en Madrid en 1658, después de una larga enfermedad.

 

La rosa

Esta a quien ya se le atrevió el arado,
con púrpura fragante adornó el viento,
y negando en la pompa su elemento
bien que caduca luz, fue sol del prado.
Tuviéronla los ojos por cuidado,
siendo su triunfo breve pensamiento;
¿quién sino el hierro fuera tan violento
de la ignorancia rústica guiado?
Aún no gozó de vida aquel instante
que se permite a las plebeyas flores,
porque llegó al ocaso en el oriente;
¡Oh tú, cuanto más rosa y más triunfante,
teme, que la belleza son colores
y fácil de morir todo accidente!

 

Para saber más: López de Zárate, Francisco, La rosa y veinte poemas más (Ediciones del 4 de Agosto, 2006).

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