«La poesía del Quijote», hoy martes 9 a las 19:30 en la Libreria Santos Ochoa – Castroviejo

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La poesía de El Quijote

Se cumplen 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes y desde Agosto Clandestino queremos recordar el más de de medio centenar de composiciones poéticas enunciadas por los diferentes personajes de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

El Quijote es, además de una parodia del género de caballerías, un libro de libros en el que su autor incluyó diversas historias, episodios —El cautivo, El curioso impertinente— y géneros literarios en sus 126 capítulos hasta el punto de «construir un ambiente profundamente literaturizado» en el que «Don Quijote está enfermo de ficción». En el caso de la poesía, entre los 55 poemas rescatados de El Quijote hay de todo: versos sueltos, églogas de pastores, poemas de cancionero, muchos sonetos, coplillas satíricas de corte tradicional, pasando por guiños al romancero tradicional, homenajes al Orlando furioso o el Amadís de Gaula e, incluso, una parodia a los poemas que encabezaban y cerraban los libros firmados por personajes ilustres como los «académicos de Argamasilla» o este curioso diálogo entre el caballo del Cid y Rocinante:

 

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R. Porque nunca se come, y se trabaja.

B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

R. No me deja mi amo ni un bocado.

B. Andá, señor, que estáis muy mal criado, pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

R. Asno se es de la cuna a la mortaja. ¿Queréislo ver? Miradlo enamorado.

B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia.

B. Metafísico estáis. R. Es que no como.

B. Quejaos del escudero. R. No es bastante. ¿Cómo me he de quejar en mi dolencia, si el amo y escudero o mayordomo son tan rocines como Rocinante?

 

 

 

Miguel de Cervantes Saavedra. En 1547, año del nacimiento de Cervantes, el mundo ha dejado de ser un lugar pequeño y España, bajo el reinado de Carlos I, constituye la mitad de ese mundo. Alcalá de Henares, a treinta kilómetros de Madrid, es un lugar agitado y vibrante en tanto que plaza universitaria, y allí verá la luz Miguel de Cervantes. Cuarto hijo de un modesto sangrador o practicante —entonces se los llamaba cirujanos—, resulta difícil seguir la pista al niño Miguel, y también al adolescente. El padre, Rodrigo, vivió siempre cercado por la estrechez, asediado por las deudas. Su azarosa trayectoria lo llevó de Alcalá a Valladolid, y luego a Sevilla, y antes a Córdoba, aunque algunos dudan que su mujer, Leonor de Cortinas, y sus seis hijos lo acompañaran en este deambular.

Lo único seguro es que en 1566 Miguel de Cervantes está instalado en Madrid, junto al resto de la familia. En 1568 firma unos poemas de circunstancias a la muerte de la reina Isabel de Valois —esposa de Felipe II—, editados al año siguiente por Juan López de Hoyos. Pero antes de que acabe el año lo tenemos en Roma. ¿Cómo ha llegado y por qué? Hay documentada una orden de arresto contra un Miguel de Cervantes a quien se ha juzgado en rebeldía por haber herido a un maestro de obras en un duelo. La sentencia encierra un guiño irónico al destino: diez años de destierro y corte de la mano derecha. De todos modos, algunos sostienen que ese Cervantes no es Cervantes, o que es otro Cervantes. Ya en la Ciudad Eterna, trabaja como camarero del futuro Cardenal Acquaviva, y después ingresa a los tercios, hasta que un buen día la lógica de las cosas —es soldado, es español y es 7 de octubre de 1571— lo sitúa en el golfo de Lepanto, teatro de la historia. El mar está en calma, las flotas rivales rugen, se acechan, y Miguel de Cervantes tiene fiebre. Se le concede licencia para ponerse a cubierto, pero él insiste en atravesar el tiempo, y se dispone para el combate —«la más alta ocasión que vieron los siglos pasados»— en el esquife de la galera La Marquesa. Mueren treinta mil hombres del lado turco y doce mil del lado cristiano, que se dará por vencedor. Tres balas de arcabuz buscan y encuentran a Cervantes. Dos le aciertan en el pecho y una tercera le inutiliza la mano izquierda. Después de unos meses de convalecencia en un hospital de Mesina, en Sicilia, se reincorpora a los tercios. El Mediterráneo es un campo de batalla y Cervantes sigue atrapado en el torbellino de la historia: Navarino, Corfú, Túnez. Recorre Italia de arriba abajo, remueve la espuma de los días —lee mucho, vive más— y, en 1575, se embarca de regreso a España. Cuenta con cartas de recomendación de Don Juan de Austria y del Duque de Sesso, pero esos papeles, cursados para conseguir, seguramente, una patente de capitán, le acabarán complicando la existencia. En aguas del Golfo de Rosas la goleta Sol cae en manos de corsarios berberiscos, que tomarán a Cervantes por quien no es, una persona principal. Esto retrasará su rescate, aumentará su cotización. Cinco años pasó Cervantes en los baños o mazmorras de Argel, y cuatro veces intentará fugarse hasta que el 19 de septiembre de 1580 el fraile trinitario Juan Gil se presente con el rescate. Regresa a España y se encuentra con un país convulso, entre la mugre y el oropel, que enlaza bancarrotas a medida que ensancha sus límites y los del mundo, y con su familia arruinada por los gastos de su liberación. En Madrid, intentará hacer valer sus méritos como héroe de Lepanto, y como ex cautivo, para conseguir alguna colocación. Lo envían a Orán en una oscura comisión de un mes con visos de espionaje, le pagan cincuenta ducados y ahí termina todo. Entonces vislumbra América. Cervantes escribe al Consejo de Indias, quiere que lo envíen allí con algún empleo administrativo. Nada. El sueño americano —lo que pudo haber sido— se diluye en el horizonte y se confunde con un océano de plegarias desatendidas. «Con poco me contento, aunque deseo mucho», escribirá en el Viaje del Parnaso. Así que se queda en España, le queda España, y trabaja en una novela pastoril, La Galatea. Frecuenta la taberna de un asturiano instalado en la calle Tudescos, y frecuenta también a la mujer del tabernero, Ana Franca, con la que tendrá una hija. En diciembre de 1584 viajará a Esquivias, en Toledo, para mediar en la publicación de un cancionero de un amigo muerto, y súbitamente —es decir, sin que nadie encuentre una explicación clara— casará con Catalina Palacios Salazar, a la que dobla en edad. Pasará dos años en Esquivias y en 1585 publica La Galatea. Al fin, en 1587, consigue un empleo como comisario de abastos en Sevilla. Escribe poemas sueltos, que coloca en flores y cancioneros, vende comedias, gana unas justas poéticas y como premio obtiene unas cucharillas de plata. Recorre Andalucía de punta a cabo, requisa trigo y aceite para la Armada Invencible. El héroe desvaído respira el polvo de los caminos y se acostumbra a la incomodidad de las fondas. Fija el paisaje en la retina y, también, da con sus huesos en la cárcel (en Castro del Río, provincia de Córdoba, y en Sevilla) acusado de cobrar lo que no debía, o de demorar el pago de sus recaudaciones a la hacienda pública. Además, conocerá la excomunión por requisar bienes eclesiásticos. En 1601 la corte se traslada a Valladolid y, tres años más tarde, Cervantes se instala al borde del Pisuerga, rodeado de mujeres: esposa, hermanas, hija y sobrina. Sobrevienen sinsabores, sobresaltos y tratos indeseados con la justicia. Un caballero principal muere —hoy se diría que «en extrañas circunstancias»— a las puertas o incluso en las entrañas de la casa de alquiler en la que moran los Cervantes. En la investigación no se esclarece la muerte del caballero, pero se concluye que todas las mujeres de aquella casa llevan una vida licenciosa que bordea la prostitución. Y entonces, en 1605, ocurre algo, se publica en Madrid, en la imprenta de Juan de la Cuesta, la primera parte de El Quijote. Es un triunfo fulminante, alcanza cinco reediciones ese mismo año y en poco tiempo se traducirá al inglés y al francés. El siglo sigue, la corte vuelve a Madrid en 1606, y Cervantes con ella. Encuentra un protector en el Conde de Lemos, pero sufre una nueva decepción cuando el célebre mecenas parte hacia Nápoles, donde fungirá como virrey, y no lo incluye en su séquito. Cervantes es un hombre entre dos siglos y un escritor del presente que se proyecta hacia el futuro. Dentro de ese futuro, le preocupa especialmente la salvación de su alma, así que multiplica su presencia en órdenes y congregaciones y se entrega a ocupaciones piadosas, que alterna con la pluma. En 1613 se editan las Novelas ejemplares. Un año después, Alonso Fernández de Avellaneda —seudónimo nunca esclarecido— da a las prensas una segunda parte apócrifa de El Quijote. Se acerca el ocaso, y la actividad de Cervantes es febril: Viaje del Parnaso, Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados y, en 1615, una segunda parte de El Quijote, donde ficción y realidad espejean hasta ofrecer la fórmula depurada de la novela moderna. En 1616, la primavera avanza y Cervantes, postrado por la enfermedad —diabetes, tal vez insuficiencia hepática—, espera la muerte en su casa de la madrileña calle del León. Sustancia su agonía en la dedicatoria y prólogo de Los trabajos de Persiles y Segismunda. «¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!». Soporta los dolores de la enfermedad y se consume hasta que el 22 de abril le llega, después de tanta vida, la hora de morir.

 

 

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